jueves, 18 de diciembre de 2014

Si tú quisieras

Se llenarían las calles de desagravios comparativos, si tú quisieras. Se callarían las sirenas de todas las ambulancias, si tú quisieras. No habría semáforos en rojo, ni señores vendiendo pañuelos, si tú quisieras. Los bares cerrarían más tarde, justo cuando tomas tu última copa y la rubia del final de la barra por fin te mira. Todo eso si tú quisieras.

Apenas se nada de la vida y tengo una cosa clara. Si tú quieres, puedes. Y no es el típico tópico que usan los libros de auto ayuda, es lo que tú y yo sabemos y tanto nos cuesta asumir. Olvídate de los que te recomiendan no llorar, por favor, huye de los que te mienten cuando te dicen que seas fuerte, de los que te animan a no rendirte. Obvia a todo aquel que se atreva a juzgar tus pasos y pisa fuerte el suelo por el que caminas, ah! y haz lo que quieras. Por ejemplo, obviar a los consejeros de salón.

Si tú quisieras y yo me dejara. Ojalá quisieras mucho y bien, aún sabiendo que corres el riesgo de ser correspondido. Porque nada en la vida vale la pena si no encuentras a alguien que desmonte todos tus principios. Alguien que te haga hacer cosas que siempre juraste que nunca ibas a hacer. Alguien que te demuestre que tener miedo y estar vivo, a menudo es parecido. Que incluso te haga jirones el alma y pases más de 500 noches remendando las heridas con el hilo de otra ilusión o que te jures no volver a intentarlo. Aunque ya sabes que pasa con aquellas cosas que juraste que nunca volverías a hacer, que quedan aparcadas en brazos ajenos.

Ya ves, si tú quisieras el mundo no tendría la estúpida costumbre de seguir su curso sin contar contigo. Iría tras de ti, como hago yo, siguiendo tus pasos, al ritmo de tus manías y malas costumbres. Si tú quisieras, lo sabes, cambiarías de dirección cuando vinieran curvas peligrosas, cuando la resolución del problema fuera más compleja que su propio planteamiento, cuando a los que te rodean les diera por cacarear y caminar a tu alrededor buscando una respuesta. Si tú quisieras buscarían armas de destrucción masiva entre tus dedos. 

Y para acabar, déjame decirte que si tú quisieras, se quemarían los calendarios y se iría muy lejos el miedo. El miedo de vivir, el miedo a ti mismo, el miedo al qué dirán, el miedo a intentarlo y el miedo a tener razón. Porque solo basta que tú quieras y cambies el condicional de la oración por el presente imperfecto de tu vida. Si tú quisieras, hoy podría ser un gran día.




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