Hay abrazos que surgen de la nada, que se anuncian en los clasificados de los periódicos. Abrazos que se regalan, así sin más. Hay abrazos gigantes, largos, de esos en los que te da tiempo a respirar y a saborear cada latido de él o de ella.
Hay abrazos que se crean entre dos amantes dispuestos a olvidarse por primera vez, que se saben perdidos entre el debe y el haber de una vida a la que nunca le cogieron el tempo. Un abrazo que cortó el suspiro, que entretuvo al tiempo y que demostró que, a veces, dos polos iguales también se atraen. Un abrazo que nació entre cadenas, preso de la realidad y de la mirada de cualquiera que pasara por allí. Un abrazo cálido que abriga hasta el último rincón de un corazón condenado a la rutina de los lunes y el café. Un abrazo que ahora anda perdido, buscando el consuelo en cualquier abrazo de compromiso.
Hay abrazos que cruzan fronteras, abrazos que aparecen cuando todo está perdido, cuando necesitas cobijo, cuando llueve más que nunca y no encuentras abrigo. Un abrazo que recompone todas las piezas rotas, que te reconcilia con el mundo. Un abrazo compañero, un abrazo amigo, uno de esos en los que no cabe ni tan siquiera una palabra entre medias, que se da sin pedir nada a cambio, que se da aún no habiendo nada que celebrar.
Hay abrazos a destiempo, de los que duelen y dejan herida. Un abrazo que no llegó en tiempo ni forma a su destinatario, que se extravió por el camino -¿Dónde carajo lo puse?-. Y lo más jodido de todo, es que tampoco preguntaste que fue de él. Lo archivaste, lo olvidaste y lo cambiaste por otro que se parecía, por otro cualquiera. Jamás supiste de la brevedad de un abrazo ni de su volatilidad y olvidaste que los abrazos son únicos, que ninguno se parece a otro y que una vez dados desaparecen para siempre.
Y que quieres que te diga, siempre entendí un abrazo como un traje a medida. Comprendí que hay abrazos... y hay abrazos. Que los hay que se colocan entre dos personas y hacen lo que sólo un buen abrazo sabe hacer. Borrar heridas, responder preguntas y saldar cuentas. Así que no pierdas el tiempo buscando en el cajón de las medicinas las pastillas para dormir, ni te encierres en libros de auto-ayuda. No disimules y abraza mucho, abraza bonito porque si hay algún abrazo que no merezca la pena, es justo el que no se da. Y quién sabe, quizás hoy te encuentres con tu abrazo a medida y debes estar listo.