Los reclusos estaban sentados alrededor de aquel saco lleno de postales, cartas y recuerdos que los familiares enviaban cada mes a la prisión estatal. Era invierno y quemaba como nunca el frío. Sin tu abrazo, sin tu latido que marcaba el compás y el ritmo de sus pasos. Marcelo aguardaba su turno mientras el resto de compañeros de celda iban recogiendo sus cartas, esos trocitos de papel que a veces iban acompañados con fotografías de sus pequeños, de sus parejas o de sus papás y que los mantenían con vida, si es que esa soledad que tenían se podía llamar vida.
Marcelo se asomó al saco, llevaba más de 5 meses sin recibir ni una sola postal, así que hundió la mirada en el fondo, como quién mira al infinito. Quedaba una carta, sólo una. Miró a su alrededor y vio como el resto de compañeros reían y lloraban con las suyas, cada uno en un rincón del patio, así que, efectivamente, esa carta no podía ser nada más que de él.
Marcelo la cogió y sin mirar quién era el o la remitente se fue a la única esquina del patio que quedaba libre y allí, se sentó apoyando la espalda sobre la pared desconchada y fría y comenzó a leer:
"Querido Marcelo.
Antes que nada, disculpa esta tardanza en contestar a tu última carta, no se si sabes que volví a hacer las maletas y pasé un tiempo viajando por algunos países de África, ha sido una experiencia increíble, creo que es necesaria esta cura de realidad. Estamos tan ocupados con nuestros problemas cotidianos y mundanos que olvidamos que hay personas que a pesar de todos los pesares, te sonríen cuando pasas por su lado. Y te adelanto que nuestros "problemas" no son los suyos, allí sus problemas acaban con su vida, nosotros como mucho, perdemos el autobús.
Volviendo a la última carta que me enviaste hace cuanto... ¿5 meses?; todo bien, el viejito sigue igual, con sus achaques, ya le di recuerdos tuyos, se puso muy contento saber que aún mantenías esa alegría y esa capacidad de transmitir tanto cariño a través de tus palabras.
Estoy en la terracita de aquella cafetería a la que solíamos ir ¿recuerdas? el mar está en calma, no sopla nada de viento y he de confesarte una cosa. La soledad ya no me hiere. Mejor que eso, me permite hacer balance de todo lo que he conseguido hasta ahora, de todos los arañazos y las caricias que he recibido. He aprendido que de las cicatrices se aprende y de las caricias, aún más.
Creo que aún hoy no tengo respuesta a muchas de tus preguntas y tus dudas, quizás porque ni siquiera soy capaz de contestarme a mí misma. Es tan difícil. Una no sabe si sí o si no. Si lanzarse o esperar que todo pase como si no pasara nada. Me prometí no escribirte más. No sabes la montaña de papeles rajados, tachados y arrugados que he coleccionado. Todos empezaban igual "Querido Marcelo..." y ahí me volvían a atrapar los miedos, lo reconozco, no soy tan valiente.
¿Por qué este miedo? te preguntarás. Alguna vez, en mitad de esta vorágine, imaginé que en algún momento de nuestra vida, tú pasarías por mi lado y me preguntarías por mi vida. Eso es lo peor que podría pasarme, quizás sea un poco complejo de explicar y estas no sean las formas de hacerlo. Ya sabes que nunca me he sabido explicar con claridad.
En fin, voy terminando estas líneas, mi tren sale pronto y empieza a hacer un poco de frío. Espero que todo vaya bien y puedas salir pronto. Te mentiría si te dijera que no ansío tu carta de respuesta, que no miraré cada día mi buzón para ver si ha llegado y que no pelearé con el cartero cada vez que no la traiga. Pero ya sabes... me toca decirte que no es necesaria tu respuesta.
Hasta siempre,
Martina
PD: Te vuelvo a mandar tu carta de vuelta, quizás después de 5 meses no recuerdes lo que me escribiste."
"Querida Martina...